Siempre convivimos con un ser humano que desconocemos y que en muchos casos no nos agrada, por lo cual hacemos todo lo posible por agredirlo o lastimarlo. Lo subvaloramos y criticamos todo el tiempo, desconociendo sus triunfos y grandezas y sobrevalorando sus defectos e imperfecciones, a la vez que le exigimos lo imposible y le reconocemos y entregamos mucho menos de lo que merece. Este ser humano es uno mismo, que de ser nuestro amigo verdadero se tendría con él otro tipo de trato, se compartiría cada momento de manera saludable y se aseguraría el buen ánimo permanente, de modo que amarse a uno mismo significaría un camino consciente de autorreconcialiación.

Amarse a uno mismo no significa narcisismo, orgullo o soberbia, sino simple y llanamente saber que uno mismo es lo más importante que se tiene, pues si es un amigo verdadero hay que amarlo y cuidarlo como lo más valioso que existe. Esta acción nos da además un sistema inmune fuerte, que nos protege de las enfermedades autoinmunes, en las que el propio sistema de defensa se ataca a él mismo.

Si nos odiamos, nos recriminamos, nos reprochamos y nos menospreciamos, el infortunado efecto dominó de estos sistemas se dejará ver.

Amarse a sí mismo significa referirse a uno mismo en términos amables, darse alimentos adecuados, descanso necesario y, sobre todo, ser comprensivo con sus fallas. El “darse palo”, como popularmente se llama, no beneficia en nada y solo aumenta la autoagresión y sus infortunados efectos. Por supuesto que la complacencia e indulgencia consigo mismo tampoco es la estrategia. Más bien puede entenderse como un autocuidado responsable, una manera presente de la verdadera disciplina con amor que se sugiere que los padres y educadores tengan con los niños. Saber que se crece con responsabilidad al tiempo que con cariño y comprensión absolutos es condición intrínseca en la verdadera amistad.

Esta amistad con uno mismo, con todos sus valores y acciones, bien puede trasladarse a lo que se hace en cada momento, lo que permite activar el buen ánimo por la actividad que se desarrolla. Es reconocer que también se puede sentir amor filial por lo que se hace, sintiendo gusto por la actividad que realizamos y la confianza en que vale la pena vivir, pues disfrutamos la vida en cada acción que realizamos.

NOTA: Tomado del libro “Anímate” del Dr. Santiago Rojas P.